UN PAPA DIFERENTE: NO SE TOMABA EN SERIO
UN PAPA DIFERENTE:
NO SE TOMABA EN SERIO
El 11 de octubre hemos celebrado la fiesta litúrgica de san Juan XXIII. Son muchos los episodios que se recuerdan de la vida de este santo . . Poco después de convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII le hizo a un amigo una confidencia. «¿Sabes? Eso de que el Espíritu Santo es el que asiste al Papa, no es verdad». Ante la sorpresa de su interlocutor añadió: «Yo soy solo su asistente. Es Él quien lo hace todo. El Concilio ha sido idea suya». Con esta convicción llegó a la sede de Pedro un humilde diplomático vaticano cuya mayor ilusión siempre fue acabar sus días como un simple párroco. Al principio, se le tachó de «Papa de transición», ¡y vaya si lo fue! Juan XXIII fue el encargado de impulsar a la Iglesia hacia una nueva época. Convocó el Concilio un año después de ser elegido Papa. Fue Pablo VI quien lo llevó a término, pero a él se le debe el primer impulso, el más difícil, el de la decisión de mover el timón de ese pesado transatlántico en el que se había convertido la Iglesia. No lo habría podido hacer si él mismo no tuviera los pies en la tierra, lo que para un santo significa tener también los ojos en el cielo. Así, nada más concluir el Cónclave que lo eligió Papa, su secretario le preguntó por dónde empezar, qué era lo más urgente, a lo que el Papa Angelo Roncalli respondió: «Por ahora, recemos vísperas y completas.; y luego, ya veremos». De ese «ya veremos» lleva viviendo la barca de Pedro varias décadas, pero el secreto estaba en su vida interior: «El sentido de mi pequeñez y de mi nada me han acompañado siempre, haciéndome humilde y tranquilo. Mi único mérito es la misericordia del Señor», escribió en su testamento espiritual.Lo que más ha pesado en la memoria de la gente fue su bondad, reflejada en multitud de anécdotas. Es conocido el episodio en el que dobló el sueldo a los portadores de su silla gestatoria –eran otros tiempos–: «Si mi peso es el doble que el de Pío XII, es justo que cobréis el doble», dijo. O el día en que cundió el pánico en el Vaticano porque el Papa había desaparecido. Se llamó a la Policía y al Ayuntamiento de Roma, pero nada. Al final le encontraron en una residencia de sacerdotes ancianos, charlando y sentado en una mecedora como si nada; simplemente echaba de menos los entresijos de la pastoral ordinaria de cualquier sacerdote. Un día lo reconoció en voz alta: «Rarísimas veces tengo la oportunidad de pronunciar una plática espiritual, nunca puedo confesar, y me paso el día ante la máquina de escribir y manteniendo fastidiosas conversaciones diplomáticas». Y añadió: «Pero vivo en paz, porque el éxito final es de quien hace con gran corazón la voluntad de Dios, toma todo por las buenas y obedece de buen humor». Su lema era:"Obediencia y paz". Con ese espíritu fue nuncio apostólico en Grecia, Bulgaria, Turquía, Francia y finalmente patriarca de Venecia y después Papa en I958. Escribió 8 encíclicas, de las cuales dos tuvieron alcance internacional por su enfoque social (Mater et Magistra y Pacem in terris) y emprendió el Concilio Vaticano II a los 77 años. Cuando se trató de enviar al planeta Marte un nombre que representara al planeta tierra, el jurado eligió al doctor Albert Schweitzer pero salió el nombre también del Papa Juan, a lo que se opuso uno de los expertos:"Nuestro Papa Juan es tan bueno que queremos conservarlo siempre entre nosotros en esta tierra". Su secretario, el luego cardenal Loris Capovila, revelaba poco después de su muerte (+1963) que solía decir: «Doy gracias a Dios porque me ayuda a no complicar las cosas simples». Él mismo reconoció en varias ocasiones que solía escuchar una voz que le decía: «Angelo, no te tomes tan en serio». Solo así pudo llevar a cabo el giro estratégico que dio al rumbo de la Iglesia.
Fuente: ALFA Y OMEGA
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