para pensar: LA BRECHA ESCANDALOSA

Para pensar:

LA BRECHA ESCANDALOSA

Se da hoy una brecha escandalosa entre ricos y pobres, países ricos y países pobres, que ya hace 20 siglos Jesús había condenado en la parábola del rico epulón (=derrochón) y el mendigo. Dios conoce el nombre de los pobres y humildes; el mendigo se llama "Lázaro" (= Dios ayuda) y  solo espera la ayuda de Dios. El rico no tiene nombre porque su Dios es el dinero y se identifica con su riqueza: "un hombre rico" (Lc 16,19). En la parábola no se condenan a los ricos por ser ricos sino por acumular injustamente los bienes de todos  y no compartirlos. El pobre comía las migajas que tiraba el rico a la basura; estaba enfermo y los perros, más comprensivos que el rico, le lamían las llagas. En esas condiciones Lázaro además era considerado como castigado por Dios y por lo tanto era de evitar. Está clara la brecha: uno  que tiene todo y otro que no tiene nada. La púrpura y el lino del rico contrastan con el pobre que no tiene ropa ni techo y vive con animales en la inmundicia. No se dice del rico que fuera una mala persona, un padre o un esposo desalmado; conocía las Sagradas Escrituras e iba a la sinagoga (Lc 16,29). Su pecado es que tira el dinero en fiestas y comilonas, en vez de invertirlo en crear fuentes de trabajo, centros de de salud y así ayudar también a Lázaro. Lo que más llama la atención es que son vecinos. El rico con sus invitados entra y sale, pero es como si no viera al mendigo en la puerta de su palacio. Cuando mueren ambos, para el rico hay un entierro de lujo y del pobre nadie se acuerda, excepto  los ángeles que lo llevan al cielo (Lc 16,22). La última palabra la tiene Dios: el pobre se sienta  a la mesa de Abrahán y el rico va al infierno. La situación se ha dado vuelta. La brecha que había antes se hace ahora imposible de cerrar; es un abismo imposible de transitar (Lc 16,26). La parábola no quiere decir que Lázaro vaya al cielo tan solo por ser pobre ni que el rico al infierno tan solo por ser rico. El acento está puesto en la condena del rico por "no ver" al pobre ni acogerlo a su mesa, por no superar esa brecha escandalosa. Es condenado también por "no escuchar a Moisés y a los Profetas"(Lc 16,29). Es ciego por no ver al pobre y sordo  por no  escuchar la Palabra de Dios. Es una advertencia sobre los peligros de la riqueza. Desde el infierno el rico, igual que los fariseos, pide a Abrahán un milagro espectacular para que sus hermanos, que todavía viven , se conviertan. La respuesta de Abrahán es terminante: no hacen falta milagros; "tienen a Moisés y a los Profetas, ¡que los escuchen!". Esta parábola no  promueve simplemente la ayuda a los pobres (también los fariseos practicaban la limosna). Es la denuncia de una injusticia institucionalizada que hace que haya una brecha cada vez más profunda entre ricos y pobres cuando se adora, no a Dios, sino al dinero. Dios quiere un cambio de las estructuras injustas, equidad para todos sus hijos y así reunirlos a la misma mesa en el Reino. Un mundo mejor es posible, sin hambrientos, sedientos, prófugos y marginados (Mt 25, 31-46).  En el reciente Día Mundial de la Alimentación dijo el Papa Francisco: "El hambre de millones de personas es un insulto que debería sonrojar a toda la humanidad y movilizar a la comunidad internacional. Hay un inicuo cumulo de injusticias y desigualdades que deja a muchos tirados en la cuneta de la vida, mientras unos pocos se instalan en un estado de ostentación y poder".

Fuente: del libro "TIEMPO DE MISERICORDIA" (Primo Corbelli) ed. claretiana

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