UNA EXPERIENCIA FUERTE DE DIOS
UNA EXPERIENCIA FUERTE DE DIOS
El domingo 6 de agosto el Evangelio nos habla de una experiencia fuerte de Dios por parte de los discipulos de Jesús. Este relato sigue a otro donde Jesús había anunciado su pasión y muerte. Pedro se había rebelado, recibiendo de Jesús el calificativo de "piedra de tropiezo", no ya de piedra sobre la cual iba a construir su Iglesia. Pedro y los demás no podían aceptar que la injusticia y las fuerzas del mal saliern vencedoras. Jesús en cambio sabe que para destruir el poder del mal no hay otro camino que el sacrificio de si mismo. Pero para mostrarles pacientemente que su camino no concluirÍa con la muerte sino con la gloria, subió a una montaña haciéndose acompñar por Pedro y de otros dos de entre los más antiguos discipulos: Santiago y Juan. Según Lucas se trató de un retiro espiritual en el silencio de la montaña y en un clima de oración. Es en el silencio , en la oración y en la lectura orante de la Palabra cuando Dios nos habla. Mientras estaban en oración, Dios mismo se reveló a ellos. Meditando la Sagrada Escritura vieron que la Ley y los Profetas preanunciaban la pasión y muerte del Mesías, que tenía que cumplirse en jerusalén. La Ley (representada por Moisés) y los Profetas (representados por Elías) era una manera de designar el Libro Sagrado. Como en una visión vieron a Moisés y Elías ( los dos personajes más importantes en el Antiguo Testamento) escuchar y dialogar con Jesús. Improvisamente apareció una nube luminosa,que en la Biblia es signo de la presencia de Dios y se oyó la voz de Dios que proclamaba a Jesús como su Hijo, el Hijo amado, el Elegido, añadiendo: "escuchenlo". Eran las mismas palabras resonadas en el bautismo de Jesús (Mt 3,17). Los discipulos , por el respeto que les merecía la presencia de Dios, se mantuvieron con el rostro en tierra (como suelen orar aún hoy los musulmanes). En Lucas Jesús le había preguntado a sus discipulos quien era Él. Aquí viene la respuesta definitva; Jesú no es solo el Mesías sino el Hijo de Dios. Después de que Dios habló, desaparecieron Moisés y Elías. Quedaba Jesús sólo, no ya rodeado de gloria sino en su fragil humanidad. Si antes había que escuchar a Moisés y a los Profetas, ahora se debe escuchar unicamente a Jesús. Quien quiere agradar a Dios debe escuchar a Jesús, inclusive cuando habla de sufrimiento, persecución y muerte porque la última palabra la tiene Dios. Jesús cita después a Juan el Bautizador cuya misión no terminó con éxito sino con un aparente fracaso; así también le sucedería a Él mismo.. Los tres discipulos no comprendieron cuando Jesús les habló de la resurrección de entre los muertos. La muerte era para ellos algo definitivo y de ella no había regreso. Pero sí, recibieron la luz y la fuerza suficiente para presenciar en el Getsemaní (Mt 26,36-44) no ya la transifiguración sino la desfiguración del Maestro, otra vez solo en su fragil humanidad.
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