TESTIMONIO DE DOS MONJAS
TESTIMONIO DE DOS MONJAS
El 3 de agosto pasado murió la madre Elvira Capozzi, una monja italiana conocida en medio mundo, fundadora de la Comunidad del Cenáculo hace 40 años y que logró curar a 60 mil personas afectadas por las adicciones. Su congregación tiene actualmente 72 Cenaculos en 19 países y que atienden a tres mil personas. Murió a los 86 años en Saluzzo (Cuneo, Italia) donde había empezado su obra. Murió apenas terminado el canto del Salve Regina , cantado por la comunidad que la rodeaba, tal como ella lo había pedido. En los último años ya no podía hablar, pero logró dejar un mensaje nada facil de cumplir: "cuando digan que Elvira ha muerto, ustedes deben cantar, bailar y festejar porque estoy más viva que nunca. Nada de decir:¡pobrecita! Yo me voy tranquila y feliz; la vida no se acaba". Su obra empezó en 1983 en una casa abandonada, medio destruida, cedida a la religiosa. Había tenido un padre alcoholico y toxicomano. Su actividad desbordante no se limitó a paliar el estrago de la droga entre los jovenes, sino que atendió con la ayuda de voluntarios, a los chicos de la calle, a la prevención, al acompñamiento de los padres. Fundó escuelas de vida, no simplemente comunidades terapeuticas; un camino de sanación educativa y espiritual, no simplemente una terapia de grupo. Los pilares de su obra eran la gratuidad, la amistad, el trabajo, la fe y la oración. El Papa visitó la comunidad del Cenaculo de Roma y les dijo a los jovenes: "No tengan miedo a la verdad, a su realidad. A Jesús le gusta la realidad no maquillada, no camuflada. Tengan el valor de aceptarse a si mismos y luchen, también ayudando a los demás y enseñandoles que hay un camino mejor". El otro testimonio es el de un monja de clausura, la carmelita Ana Seguí Martí de un monasterio de Valencia (España). Escribe: "La exclusión por parte de los varones al derecho de igualdad de las mujeres no es cosa de Dios porque Dios no mira a las diferencias de genero; es mas bien fruto de la mezquindad de los varones, aún eclesiasticos, que a menudo miran más a sus intereses de poder que a la conducta simple y humilde de Jesús. Mi vida contemplativa y la oración no reflejan una actitud simplemente devocional, ni tampoco sumisa y pasiva. Decía santa Teresa: "¡Dios nos guarde de devociones bobas! Mi vocación es un compromiso serio para el Reino de Dios y su justicia, ya sea en la vida cotidiana como en el contexto de la historia de nuestro tiempo y de nuestra Iglesia. Nada queda afuera de mis desvelos y luchas. Creo que es posible una Iglesia en la que varones y mujeres vivan en condiciones de igualdad en nuestra misión de amor y servicio. Hemos renunciado a tener un marido para seguir a Jesús, pero no para permitir a varones eclesiasticos que decidan como debe ser nuestra vida, nuestra clausura, nuestras financias, nustros estudios. Es una cuestión de justicia".
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