PARA PENSAR: LA MANERA DE ORAR
PARA PENSAR
LA MANERA DE ORAR
Hay gente que después de haberle pedido, con fe, ayuda a Dios en ocasión de enfermedades o desgracias muy graves y comprobar que no hay respuesta, saca la conclusión de que Dios no existe o no se interesa por nosotros y lo echa en la misma bolsa que a los reyes magos. En realidad Dios quiere salvar a todos sus hijos de todo mal y lo quiere siempre. Siempre atiende a nuestros pedidos, pero a su manera; "no nos dará piedras en vez de pan sino siempre cosas buenas"(Mt 7, 7-11), que realmente sean de nuestra ayuda porque a veces no "sabemos lo que pedimos"(Mt 20,22), tal como sucede con los pedidos de los pequeños a sus padres. A veces Dios, como un buen médico, apela más a su ciencia que a nuestras sugerencias. El mal físico está en el mundo no porque Dios lo quiere o lo permite, sino por las limitaciones de la naturaleza y porque somos creaturas humanas, no ángeles. El mal moral es responsabilidad nuestra. Dios nos ha dado la libertad (de lo contrario, el hombre sería un títere), pero para que la usemos bien. Lo que hace Dios es lo que hace una madre con su hijo enfermo; no lo cura pero le ofrece amor, coraje y esperanza. Evidentemente Dios no resolverá el problema del hambre y las guerras en el mundo con la varita mágica, así como no frenará un terremoto ni arreglará los resultados de una quiniela a nuestro favor por más que recemos. Él es padre pero no paternalista y confía en nuestras capacidades y posibilidades. La tierra produce actualmente un 10% más de alimentos de los que necesita, y sin embargo hay millones de personas que sufren hambre. El cambio climático que produce sequías y enormes inundaciones es producto de unos gases lanzados por nosotros a la atmosfera. Se gasta inmensamente más en bombas y armas que en la investigación científica para erradicar enfermedades. Más que delegar a Dios la solución de los problemas, hay que pedirle fuerza y luz para encontrarles la solución. Si nos preocupa el hambre en África no hay que pedirle a Dios:"Señor dales de comer". Nos puede responder como en el evangelio:"denles ustedes de comer" (Mc 6,37). La oración verdadera no es para que Dios haga nuestra voluntad sino para que nosotros hagamos la suya; Él realmente sabe lo que necesitamos. La oración nos fortalece porque con ella obtenemos el Espíritu de Dios (Lc 11,13). En el huerto de Getsemaní Jesús, a través de la oración, obtuvo la claridad y la fortaleza para enfrentar la muerte con entereza, la que no tuvieron sus apóstoles por no haber rezado. La mejor oración es la oración de abandono. Lo que se subraya en el evangelio es la confianza con la que hay que pedir la ayuda de Dios, sin pretender comprarlo con promesas. A veces Dios pone a prueba nuestra fe para fortalecerla. En el evangelio la mujer cananea (Mt 15,26), reconoce no tener ningún derecho pero ella confía en la bondad de Jesús y lo sigue molestando con sus gritos, aunque parezca no escucharla, hasta que consigue la sanación de la hija.
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