para pensar: LA DEBILIDAD DE DIOS
Para pensar
LA DEBILIDAD DE DIOS
Estamos celebrando el tiempo litúrgico del Adviento. Esta palabra es la traducción de la palabra griega "parusía" (=venida) al latín, con la que los primeros cristianos esperaban como próxima la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Pero con el tiempo entendieron que esta venida demoraría y que ahora era el tiempo de la Iglesia, llamada a evangelizar el mundo. Entonces se estableció la fiesta de la primera venida histórica de Jesús a este mundo (la Navidad) para recordar sus enseñanzas y al mismo tiempo prepararnos a la segunda venida, visible y definitiva, de Jesús para juzgar al mundo y visibilizar su Reino. Hoy cuando leemos los evangelios, empezamos por la infancia de Jesús, seguimos con su vida pública y terminamos con su muerte y resurrección. Sin embargo primero se redactó la muerte y resurrección de Jesús, después su vida pública y finalmente su infancia. Por eso hay tan pocas noticias sobre el nacimiento y la infancia de Jesús. El que más relata los acontecimientos que rodearon el nacimiento de Jesús es el evangelista Lucas. Si bien el nacimiento se ubica al tiempo del rey Herodes, el censo del gobernador romano de Siria, Quirino, del que habla Lucas, se realizó varios años después. María y José vivían en el pueblito de Nazaret en Galilea. No hay pruebas ciertas tampoco de que se haya producido el desplazamiento de ambos desde Nazaret en Galilea a Belén en Judea.. Además cuando llega el momento del nacimiento del Niño, no se dice que María y José se encontraran en un establo, sino en que donde estaban no había un lugar adecuado para ellos y el Niño fue recostado en un pesebre, es decir una pobre cuna de pastores. Efectivamente los primeros en recibir la buena noticia fueron unos pastores, gente marginada de la sociedad y se les dio un signo, no deslumbrante como en el Sinaí (Ex 19,16). Dios se manifestaba a este mundo en la pobreza, sencillez y debilidad de un niño recién nacido y acostado en un pesebre. Si leemos el evangelio, enseguida no damos cuenta de que Jesús siempre ha estado al lado de los humildes y sencillos, no de Cesar Augusto o de las autoridades políticas y religiosas de la época. No conoció los palacios sino las aldeas del campo. Con Jesús los pobres ya no tienen que tener miedo a los ricos y poderosos; por eso las primeras palabras del ángel a los pastores son: "dejen de tener miedo"(Lc 2,10). José y María eran dos personas insignificantes; Jesús era un niño como todos. ¿Quién le pude tener miedo a un niño recién nacido? ¿en una gruta abierta a todos donde todos pueden entrar, hombres y animales? El amor no se impone con la fuerza; el amor verdadero es humildad, pobreza, dependencia, servicio. Supone la libertad plena de la persona amada. Dios es débil porque tan solo advierte, aconseja, invita, espera. Como hace un padre o una madre con sus hijos. La omnipotencia de Dios ha sido mal entendida por mucha gente. Dios no es todopoderoso a la manera de los hombres que usan el poder y la fuerza para hacerse obedecer; es un poder espiritual que se manifiesta a través de la misericordia, el perdón, la fidelidad y la mansedumbre. El poder de Dios se manifiesta en la debilidad y la no violencia. Por eso Navidad es fiesta de paz, de reconciliación. Todos se reúnen en familia, alrededor de ese Niño. Son días de encuentros, regalos, felicitaciones mutuas, cercanía a los que están en los hospitales, en las cárceles, en la calle o viven solos. La religiosidad popular no se conforma con el arbolito sino siempre añade el belén con el Niño Dios al que se le cantan los villansicos. Son tradiciones hermosas, con la misa de Nochebuena y el beso del Niño. Hagamos como María que "observaba cuidadosamente todos estos acontecimientos y los guardaba en su corazón" (Lc 2,19).
p.c.
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