DIOS NO ENVIÓ A SU HIJO A JUZGAR EL MUNDO

DIOS NO ENVIÓ A SU HIJO PARA JUZGAR AL MUNDO

En el evangelio del domingo 4 de junio próximo leemos esta frase tan alentadora de san Juan (3,16-18).Según la idea de muchos, Dios recompensaría a los buenos y condenaría a los malos, como si fuera un juez que vino al mundo para establecer un tribunal; como si la salvación fuera una conquista o un premio a los meritos y a los esfuerzos de los buenos, no un regalo de Dios. Sin embargo en la parábola del hijo pródigo el padre no siente el deber de entregarle un chivito al  hijo mayor por su fidelidad ni de castigar al hijo menor por sus andanzas. El padre ama a sus dos hijos gratuitamente, sin esperar reciprocidad. Frente al pecador Dios solo tiene sentimientos de compasión. A diferencia de Juan el Bautizador, Jesús no condenó a los pecadores ni los amenazó con castigos; por el contrario habló de un Dios compasivo y misericordioso que tendía una mano a los caídos para levantarlos. Tenemos que reconocer que muchos hemos sido educados en el miedo a Dios. Nos sentíamos perseguidos por sus ojos implacables ("Dios te ve") y nos complacíamos en contar nuestros meritos para ir equilibrando los posibles castigos. Y la preocupación era si esto o aquello era pecado y hasta donde. Con este Dios patrón y calculador había que cumplir a la fuerza. Y si moría algún niño se decía que Dios se lo había llevado para que no se contaminase con este mundo. Frente a situaciones difíciles se decía que Dios nos ponía a prueba, nos metía en aprietos para ver si nos manteníamos fieles. Todo esto es absurdo. Por el contrario el Evangelio, que es "buena noticia", dice que Dios no se entretiene enviando castigos y desgracias; Dios no quiere el mal de nadie de sus hijos y su deseo es vernos felices. En todo  caso nos ayuda a sacar provecho de las pruebas y desgracias de la vida; "no hay mal que por bien no venga", dice un refrán popular. Dios no quiso el diluvio, la deportación de los judíos a Egipto (los judíos interpretaban esos hechos como una invitación de Dios a la conversión ). Dios no quiso la crucifixión de Jesús en el Calvario, no quiso su muerte sino tan solo apoyó a Jesús en su lucha por el Reino. Cuando  una aparición mariana  habla de los castigos de Dios, es seguramente falsa porque Dios es Amor y solo se identifica con la misericordia y el perdón. Dios siempre es "buena noticia"; conoce y ama a cada uno de sus hijos tal como son, aún siendo pecadores. Así se portó Jesús con sus apóstoles. Jesús nunca condenó a nadie y dialogó con todos, si bien tuvo advertencias severas para los que se cerraban a la Palabra de Dios. La justicia de Dios hay que leerla a la luz de su misericordia que sabe de nuestra fragilidad. El drama del hermano mayor de la parábola es ver la condescendencia de su padre para con el hijo perdido y piensa que el padre lo ama menos que a su hermano. Sin embargo también él tiene la puerta de casa abierta y el padre lo invita a entrar. Dios no impone ni prohibiciones ni mandamientos, sino que nos da sus consejos para que seamos felices y vivamos ya ahora un anticipo de lo que será el cielo. Decir que la muerte de un ser querido "es voluntad de Dios" es una barbaridad. Jesús lloró cuando murió su amigo Lázaro. No hay que creer en un Dios que nos causa dificultades en vez de ayudarnos. El mensaje central del Cristianismo es la salvación y felicidad del hombre, la vida y la vida en abundancia (Jn 10,10) . El pecado tiene castigo, pero es el pecado mismo que lleva en sí el castigo, la frustración y el fracaso, como cuando se come una comida envenenada. No es Dios el que excluye de la luz, sino que son los hombres que la rechazan y por lo tanto quedan en tinieblas (Jn 3, 19-21).                                     

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